En la época moderna, el
mayor problema es el sujeto innominado que arruina toda pretensión
de individualidad y, mediante dos operaciones básicas como son la
cognoscitiva y las prácticas morales, ambas definidas en términos
universales, pues entendiendo a la persona como iguales sin notas
caracterizantes, quedan alineadas bajo las mismas condiciones y,
obteniendo un sujeto superfluo. Todo el proceso se inicia con
Descartes, iniciador de la modernidad, pero el cual no es el mayor
enterrador del sujeto individual, pues en sus dudas existenciales
podemos encontrar algo de reflexión subjetivista, será Kant con sus
notas trascendentales el que lleve a su muerte al sujeto individual,
particular e irrepetible.
El paso hacia un
personalismo se puede resumir por una filosofía dialógica en primer
momento, en segundo lugar el espiritualismo francés, seguido de un
existencialismo y que encuentra sus últimas expresiones en la
fenomenología. Brevemente podemos afirmar que la filosofía
dialógica no es entendida únicamente como un diálogo con otros (lo
cual también es imprescindible puesto que la persona no se forma de
manera solipsista, sino en un entorno y actuando en el mundo y con el
resto de seres) sino que lo más característico y propio es el
diálogo interior, la reflexión, en este aspecto mas adelante
trataremos el pensamiento de Fichte, pero es Vygotsky quien mejor lo
lleva a culminación; el espiritualismo francés será la reflexión
cartesiana y su posterior influencia, en tercer lugar el
existencialismo se preguntará sobre el sentido de la existencia del
hombre, cuando este ya está conformado como un sujeto individual y,
u preocupación se centrará en las experiencias que vive el sujeto,
destacan figuras como Marcel, Heidegger o Sartre y, en último lugar
la fenomenología es defendida por Husserl, quien defenderá que el
sujeto está formado por hábitos y la motivación, así la vida
humana está definida por “voluntad”, “dese” en sus actos.
Como hemos mencionado,
es Kant quien introduce el cambio radical en la concepción del
sujeto, ahora el este es activo en el ámbito cognoscitivo pues pose
estructuras a priori que le permiten conocer la realidad, adelantarse
y, por tanto trascender a ella, esto es lo conocido como el sujeto
trascendente kantiano. Si partimos de esta idea de sujeto, vemos al
mismo como unificador de categorías del entendimiento, adiriendose
el mismo en la acción que forma al objeto del conocimiento mediante
las categorías; pero este sujeto carece de un núcleo personal
porque le es imposible vivir reflexivamente la experiencia del acto
cognoscitivo en cuanto que las acciones le pertenecen solo en la
medida que le remiten a un yo trascendental que es a su vez formado
en las acciones. En el ámbito de la moralidad tampoco el sujeto
posee una reflexión sobre sí mismo, pues aunque el filósofo alemán
sostenga una ética formalista para que cada sujeto particular
formara su imperativo categórico según sus principios y, siendo por
ello la heteronomía el máximo pecado kantiano; sí partimos de la
definición de la persona como fin en sí mismo y, del mismo
imperativo categórico, advertiremos fácilmente que para Kant ser
persona es ser fin en sí mismo, pero no nos ofrece una explicación
positiva de que es ser fin en sí mismo, a la par de que en forma
indirecta obedecemos a un deber establecido desde fuera y que nos
dice indirectamente como debemos obrar. Ademá, esta moralidad anula
todo deseo y voluntad humana, es una moral anti-humana.
Como consecuencia, a la
idea kantiana de la persona según sus dos operaciones básicas, la
primera crítica que podemos establecer es la determinación
voluntaria y no por una ley extrínseca al sujeto; el sujeto es fin
en si mismo no solo porque debamos no instrumentalizar a las
personas, sino también porque el hombre posee deseos, se pone fines
que luego poseerá, lo voluntad se dirige desde ella misma al deber y
a los fines, lo que da lugar a su determinación y al proceso de
formación de la persona singular, pues solo actuando mediante
nuestra voluntad podemos determinarnos. Otra crítica es posible
apoyándonos en el metafísico Heidegger quien relacionará los
imperativos categóricos con las categorías del mundo que será una
articulación mas adecuada de los correspondientes conceptos
kantianos, porque la existencia de un sujeto está ya siempre en un
mundo, así la expresión del alemán “ser-en-el-mundo” pertenece
a la definición de nuestro propio ser, por tanto existir significa
proyectar la propia existencia en el mundo que es anterior a nosotros
y, que en un primer momento es el quien pone en nosotros las
categorías para comprenderlo, mediante la cultura y la síntesis
pasiva, para que solo en un segundo momento nosotros podamos expresar
nuestra existencia en el mundo, este expresar se da mediante el
actuar voluntario que hace determinar al sujeto, como hemos
mencionado lineas arriba, lo que trae consigo la posesión de uno
mismo, que permitirá una autoconciencia y, la correspondiente
autoconciencia del sujeto individual que desterrará en último
momento al sujeto trascendental.
En este contexto, Fichte
quien aun tiene notas trascendentales, no acepta la idea kantiana de
una realidad supras-ensible y las notas trascendentes en el sujeto
son menos notable, lo que trae que la persona singular se encuentre
mas cerca que el sujeto kantino. Frente a Kant, Fichte defenderá un
sujeto consciente de su actividad y, que por tanto se determina
voluntariamente mediante el objeto que se propone delante suya como
fin. Para este pensador la conciencia del sujeto no necesita mas
fundamento que ella misma y, el conocimiento parte del propio sujeto,
precisamente por eso cuando el sujeto se dirige a un actividad es
querida por el sujeto y no hecho desde fuera, aparece una voluntad
autónoma. Gehlen, influido por este pensamiento advierte que las
acciones no se llevan a cabo únicamente por los instintos, ni por
las representaciones objetivas, aunque le resulta contradictorio el
aspecto de que la voluntad pueda ser libre en acto antes de
decidirse, ya que la voluntad de la persona está determinada por la
cultura, como anteriormente mencionamos y, ahora sostenemos mas
fundamentadamente, de tal modo que tu voluntad se dirigirá a un fin
u otro dependiendo la situación y contexto en el que te encuentres.
Del mismo modo Husserl advierte que la vida personal se diferencia
por una motivación del sujeto para poner sus acto y porque se
produce por fines habituales, que hacen patente al agente personal,
mediante la unificación de los actos no mediante asociación pasiva
sino desde un fin propuesto.
Para finalizar, dejar
por terminada a cuestión resaltando que por tanto lo que hace al
sujeto ser persona individual, no es que posea un conocimiento común
a todos los hombres y exclusivos de ellos, o una ética formal que en
cualquier caso es ambigua y contradictoria con mas que investiguemos
en los cimientos que la sostienen; sino la cultura en la que nos
vemos sometidos y no elegimos, que nos forman inicialmente en una
síntesis pasiva y, que determinarán nuestra voluntad de manera
inicial, para posteriormente ser el hombre quien se proponga fines y,
dirija su voluntad hacia deber y, deseos, pues el hombre esta abierto
al mundo lo que significa que el hombre se debe aclarar en el mundo,
desde dentro del mismo y, bajo este punto de vista, la importancia de
los símbolos culturales nos permiten orientarnos y, es en esa
comprensión donde nos lo jugamos todo, queda de manifiesto que lo
específicamente humano es la necesidad de pautar simbólicamente la
forma de actuar y, que en último aspecto relacionándolo con la
moral, necesitaremos una moral fenomenológica que nos guíen y
comprometa con el mundo, pues la pretensión de universalidad moral
sin comprometernos con nada ni nadie, queda refutada.